Cappuccino a media tarde
July 24th, 2010 · Uncategorized
Se sienta impaciente, con las piernitas que le cuelgan del sofa. Apretadita frente a la mesa, espera mirando hacia la barra. Me mira traviesita desde su mesa mientras yo finjo escribir y no verla. Cruza la pierna como yo, y se hecha el cabello hacia atrás con los dedos. Me recuerda tanto a mí, como un espejito. La niña delgadita me mira desde su mesa. Con un ademán elegante pone a un lado sus pertenencias cuando viene el café: un capuchino caliente, nada de esas bebidas de niños; caliente y espumoso.
La nena se muerde las uñas conmigo. “Tiene azucar?” pregunta al mesero que la mira esperando que no se le caiga la taza de cristal. Su cuchara tintinea ruidosamente mientras mezcla las cuatro cucharadas de azucar en el interior y su sonrisa crece emocionada. Los ojitos enormes se clavan en la taza que esta hirviendo, no la puede tocar y mete, decidida, la cuchara a la leche espumada. La carita se le ilumina, la leche esta dulce, con canela. Empieza a tomar a cucharadas como sopa el café.
Limpiando con una servilleta las gotas que se caen, la niña pega los deditos delicados en la mesa esperando que se absorba el liquido mientras me mira de reojo, apenada. No quería que me diera cuenta y tapa con la mano el reguero mientras intercambiamos una sonrisa de adultos.
Cuando enfría la leche, toma con sus dos manitas la taza y toma a tragos enormes el café, la taza le cubre toda la carita haciendo que se escurra hacia abajo por las comisuras de sus labios, con multiples servilletas se limpia la cara obsesivamente. Cuando se termina el café, toma nuevamente su cuchara para alcanzar la canela se ha ido al fondo, la saca con dificultades enormes pero deja el vaso vacío.
Sentándose derechita nuevamente, estira la manita cerrando el puño haciendo el gesto de “la cuenta”
- ¿Cuánto le debo?- le pregunta al mesero mientras se arregla el cabello largo y se pone una gorra morada, descolorida y roída de las costuras.
El mesero le retira la taza al tiempo que le pasa la nota. La niña saca su bolsita de plástico y cuenta peso por peso hasta llegar al monto, dieciseis pesos. Toma sus cosas y se levanta. Se acerca a mi mesa aún con bigotes de leche en debajo de la nariz. Nos miramos a sabiendas de que esta vez tampoco sucederá. La veo flaquita, desarreglada, con la ropa sucia como la he visto siempre entrar a la cafetería. La niña sornríe mientras camina hasta pararse a mi lado.
- ¿no compra chicles?- pregunta, mientras se inlina sobre mi codera y pone la cajita de dulces en mi mesa.
- No Cielo, dile a tu mami que no te mande más a vender, que todavía eres muy pequeña.
La niña se voltea decepcionada y se dirije hacia la puerta
- ¿Pero te gustó tu café?- le pregunto antes de que salga por la puerta hacia el portal.
Recibo una sonrisa.
Lo impensable
June 7th, 2010 · Uncategorized
Lo que nunca pense que llagara a suceder me tomó por sorpresa. Después de mucho buscar respuestas y oportunidades en mi ciudad, ahora me encuentro atrapada en la gran urbe, la enorme Ciudad de México.
Al principio no me dí cuenta, pues mi trabajo solo requería que yo viajara ocasionalmente, y yo mantenía en mi ciudad natal todo intacto, como si solo me fuera algunos días.
En esta última visita me dí cuenta de que ya no vivo en mi casa y que mi ciudad camina sin esperar a que yo vuelva.
Y yo aquí estoy, sintiendome lejos en la que ya es mi nueva casa.
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Leyendo a mujerones
May 23rd, 2010 · blog
Por temporadas me he sentido atraida a cierto tipo de libros. Me han dado etapas de puros libros de suspenso, o sólo novelas de autores latinoamericanos.
Ahora, me ha dado por leer a autoras inglesas y he tenido oportunidad de poder leer y releer varias de mis novelas favoritas con el mismo ahinco con el que las había leído la primera vez.
Mi primera opción fue releer Jane Eyre. Desde el principio hasta el final parece que uno va caminando con la delgada y frágil Jane por los caminos agrestes de la Inglaterra del siglo XVIII. Esta novela es de las primeras novelas inglesas en poner sobre la mesa la independencia económica y emocional (teniendo desición sobre sus actos y consecuencias de ellos) femenina como una manera de dignificar a la mujer.
En definitiva, esta obra de Charlotte Brontë viene a encabezar la lista de obras de mujerones que hay que leer para entender de lo que va la literatura de autoras femeninas en el siglo XIX.
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Sanjuna Martínez: Benedicto XVI debe renunciar
April 10th, 2010 · Uncategorized
El abogado Jeff Anderson lleva 30 años persiguiendo curas pederastas por el mundo. Ha interpuesto más de 500 denuncias y ganado multimillonarias compensaciones para las víctimas de abuso sexual de sacerdotes, pero le faltaba algo que recientemente consiguió: la posibilidad de sentar en el banquillo de los acusados al papa Benedicto XVI.
Joseph Ratzinger debe renunciar por haber protegido a sacerdotes pederastas, asegura en entrevista el abogado, que interpuso también una demanda contra el cardenal Norberto Rivera Carrera.
Junto al Papa también deberían renunciar todos los obispos y cardenales que en el mundo han participado en estos actos criminales de protección a sacerdotes que han abusado sexualmente de niños. Luego, todos tendrían que ser enjuiciados para exhibir lo que hicieron, para que no se repita en el futuro, agrega.
El Vaticano enfrenta actualmente una de sus peores crisis por la publicación de recientes casos de abusos sexuales de sacerdotes que presuntamente fueron protegidos por Joseph Ratzinger cuando fue prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, de 1982 a 2005, en el pontificado de Juan Pablo II.
No es la primera vez que Anderson intenta llevar a juicio a la Santa Sede, al Estado vaticano y al papa en turno. Hace ocho años interpuso la primera denuncia en Oregon y luego insistió en Texas, Florida y Kentucky. El sistema de justicia estadunidense finalmente le ha dado la razón.
Han aceptado que demandemos al Vaticano, dice satisfecho el abogado, de 62 años. No sé si me tocará ver a un papa enjuiciado, pero el Vaticano está realmente preocupado. Hace dos meses apeló de la decisión judicial ante la Corte Suprema, y ha solicitado la opinión de los departamentos de Estado y de Justicia estadunidense. Esperemos que no les den la razón y que nos permitan continuar buscando justicia a través de este caso contra la Santa Sede, para exhibir su sistema de secreto en torno a la protección de sus sacerdotes pederastas, por encima de la seguridad y bienestar de los niños.
Anderson pretende demostrar ante los tribunales que el Vaticano ha funcionado como una organización mafiosa a la hora de atender el problema de la pederastia clerical, basándose en un código de confidencialidad y de protección criminal de los abusadores sexuales con sotana. Esperamos que la Corte Suprema nos dé luz verde y eso puede suceder el próximo verano, comenta entusiasmado.
La Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos está compuesta por nueve jueces, de los cuales seis son católicos y el resto conservadores que profesan otra religión. El abogado, sin embargo, está convencido de que esta vez logrará por fin su objetivo: cada día lo que hacemos es extremadamente importante, porque nos acerca más al momento de llevar al Vaticano al banquillo de los acusados. Cada día estamos más cerca de proteger mejor a los niños de México, Latinoamérica, Estados Unidos y el mundo contra este mal endémico que proviene de la Santa Sede.
Archivos secretos
La Iglesia católica en Estados Unidos ha gastado más de 2 mil 200 millones de dólares en indemnizaciones a 15 mil víctimas de abusos sexuales de cuatro mil sacerdotes y religiosos procesados.
Jeff Anderson sostiene que los sacerdotes pederastas son empleados del Vaticano y considera a la Santa Sede como una empresa cuyos trabajadores cometieron delitos en Estados Unidos y otras partes del mundo. En esta tragedia hay muchas mentiras e inocentes, por tal motivo este es un caso muy serio. Estoy convencido de que los miles de víctimas sobrevivientes de pederastia clerical que existen en el mundo se irán uniendo para buscar justicia y llevar al Vaticano ante la justicia, para que elija el camino de la verdad en lugar del secretismo y la conspiración, afirma.
El caso de Oregon se basa en la denuncia de una víctima no identificada que en 1965 padeció abusos del sacerdote Andrew Ronan en la iglesia St. Albert, en Portland. Los documentos de la demanda señalan que Ronan había sido acusado de abusar sexualmente de niños en los años 50 en la arquidiócesis de Armagh, Irlanda, por lo que fue trasladado a Chicago, donde nuevamente violó niños en la escuela católica St. Philip y después fue enviado a Portland. Murió en 1982 sin ser enjuiciado. El camino del cura pederasta dejó una estela de denuncias de abusos sexuales por donde era transferido por sus superiores y bajo la autorización de la Santa Sede, según Anderson.
El caso llevado a los tribunales en Kentucky está compuesto con las demandas interpuestas en 2004 por tres hombres abusados por sacerdotes que servían en las iglesias de ese estado. La justicia estadunidense ha decidido que el Vaticano no tiene más inmunidad en este tipo de causas, dice el abogado, que basa sus demandas en el argumento de que fue la Santa Sede la que conspiró con las diócesis católicas y las órdenes religiosas de los sacerdotes abusadores para cambiar a los agresores y evitar que fueran procesados.
El caso de Florida se basa en la denuncia de Rick Gómez, quien fue abusado en 1987 por el sacerdote salesiano William Burke en la escuela Mary Help, de Tampa. Cuando la policía fue a detener al cura, éste había sido trasladado por sus superiores a otro estado. La Iglesia tiene la política de transferir a los agresores. Todos los caminos para ocultar los crímenes conducen al Vaticano, añade Anderson.
El abogado estadunidense pretende que los tribunales obliguen al Vaticano a abrir sus archivos secretos sobre sacerdotes abusadores y así exhibir las mentiras, el encubrimiento sistemático, el silencio y los documentos y procedimientos que utilizaron como base para protegerse a sí mismos, en lugar de brindar seguridad a los menores.
De las tres diócesis católicas estadunidenses encausadas, los tribunales estadunidenses han aceptado por lo pronto la denuncia de Oregon. Al Vaticano le preocupa particularmente esta histórica sentencia de la Corte de Apelación Federal de Portland, porque reconoció el derecho de la víctima a iniciar una causa civil contra la Santa Sede, lo que puede animar a los tribunales de otros países a actuar de la misma forma y exigir responsabilidades al Papa por los miles de casos de abusos sexuales de sacerdotes católicos contra menores.
“El Papa es un infractor secreto –dice sin ambages Anderson–, vive en la negación, a pesar de su responsabilidad. Es un líder que ha perdido la causa de la protección de los niños; por tanto, es un líder fracasado que ha preferido cuidar la reputación de su oficina, en lugar de defender la seguridad de los niños.”
Jeffrey Lena, el abogado que la Santa Sede ha contratado para defender sus intereses en Oregon, tiene su despacho en Berkeley, California; argumenta que el Estado Vaticano está protegido por el documento Foreign Sovereign Immunities Act, que prohibe interponer denuncias contra países extranjeros.
Anderson, sin embargo, sostiene que su lucha social no es contra un Estado soberano que puede reclamar inmunidad: Esto va más allá del Vaticano y el poder de un Papa. Se trata de un problema endémico en la cultura clerical, que ha provocado miles de víctimas en Estados Unidos y el resto del mundo. El Papa, la máxima autoridad, tiene que responder. Se trata sólo de un hombre sometido a proceso. Eso es todo. Un hombre que permitió que continuara todo este sufrimiento. Es sólo un hombre que otro hombre (un juez) puede condenar.
La renuncia no es solución
El abogado que mantiene su despacho en St. Paul, Minnesota, considera que, a estas alturas, Benedicto XVI debería haber renunciado, pero aclara: La dimisión del Papa no es una solución, si no está acompañada de una verdadera transformación. Si dimite y llega otro y nada se hace por cambiar el sistema de silencio, secreto y protección a los sacerdotes abusadores, todo será igual. Nada habrá cambiado. Cambiar a los hombres no cambia el problema.
Añade: Por primera vez en el Vaticano están realmente preocupados, más que preocupados, diría yo. Están cambiando el discurso, porque saben que tarde o temprano la justicia los alcanzará y la verdad saldrá a la luz. Y hasta que no acepten su responsabilidad y sean llevados a los tribunales para que digan esa verdad, nosotros estaremos allí. Los sobrevivientes han asumido que esto se trata de un trabajo de cada día. No vamos a claudicar.
–Por primera vez, usted está más cerca de lograr encausar a la Santa Sede, pero ¿cómo cambiar un sistema de protección a sacerdotes pederastas que ha funcionado por los siglos de los siglos?
–Lo que realmente se necesita es llevar a juicio a la oficina del Vaticano, al Estado Vaticano, al Papa, a los obispos y cardenales, para que admitan su responsabilidad y asuman las consecuencias, a fin de forzarlos a decir la verdad; a limpiar la Santa Sede; a abrir los archivos secretos, y a decir dónde están los sacerdotes abusadores, algo que ellos saben perfectamente porque son ellos quienes los cambian de lugares y países para evadir la justicia. El Vaticano tiene que optar por la justicia, en lugar del crimen.
David Clohessy, director nacional de Survivors Network of those Abused by Priests (Red de Sobrevivientes de Abusos Sexuales de Sacerdotes) coincide con Jeff Anderson, con quien ha colaborado más de 20 años apoyando a cientos de víctimas: Si el Papa está pensando en dimitir, primero nos gustaría que abriera los expedientes secretos de los curas pederastas. La dimisión no arreglaría todo. El sistema de silencio y protección está enquistado y la decepción sobre la institución es tan profunda, que lo mejor es que se abran los expedientes para ver cómo Joseph Ratzinger manejó cada caso de pederastia clerical.
El lugar de Norberto Rivera
Clohessy y Anderson colaboraron en la demanda interpuesta contra el cardenal Norberto Rivera Carrera ante la Corte Superior de California por conspiración a la pederastia en 2006, caso que aún se encuentra en los tribunales estadunidenses.
“El cardenal Norberto Rivera debería de estar tras las rejas –dice Anderson–, no sentado en un lujoso sillón frente a una alfombra roja oficiando misa. Es responsable de permitir que el cura pederasta Nicolás Aguilar Rivera estuviera en el ministerio por décadas abusando de niños.”
El abogado estadunidense asegura que no se ha olvidado de la demanda contra el cardenal mexicano que se encuentra en proceso de apelación, luego de que la Corte decidiera la no jurisdicción para procesarlo: El cardenal tiene que aprender mucho de estos temas. Eligió el camino equivocado de la negación, y tiene que asumir las consecuencias por no proteger a los niños del crimen de abuso sexual de sacerdotes. Rivera Carrera debe ser sometido a juicio tarde o temprano, y encontraré una forma en el sistema de justicia estadunidense para que diga la verdad y buscar así justicia y reparación para las víctimas.
Anderson ha organizado una estrategia legal contundente contra el Vaticano: la presentación de diversos casos en distintos tribunales de Estados Unidos. Es también el abogado de las víctimas del sacerdote Lawrence Murphy, de Wisconsin, quien abusó de más de 200 niños sordos entre 1950 y 1975. El asunto involucra directamente al Papa porque, cuando era prefecto para la Doctrina de la Fe, decidió proteger y mantener en el sacerdocio al pederasta que murió sin ser enjuiciado.
El defensor presentó como prueba irrefutable la correspondencia que fue enviada por varios obispos estadunidenses a Joseph Ratzinger para notificarle las denuncias. Una de las cartas fue escrita por Rembert G. Weakland, arzobizpo de Milwaukee, pero Ratzinger no respondió. En 1974 el sacerdote abusador finalmente fue trasladado por el arzobispo William E. Cousins a la Diócesis Superior en el norte de Wisconsin, donde pasó sus últimos 24 años, a cargo nuevamente de niños en distintas parroquias y escuelas católicas. El pederasta murió en 1998 y no fue sometido ni siquiera a juicio canónico. El actual Papa le permitió seguir en el ministerio sacerdotal, sin notificar a la policía los hechos delictivos.
David Clohessy está convencido de la solidez de este caso presentado ante los tribunales estadunidenses: Es muy importante porque sucedió hace 12 años. Estamos demostrando que en ese lapso un depredador sexual serial cometió cientos de abusos y el papa Benedicto XVI decidió protegerlo y esconderlo.
De manera inusitada, el Vaticano ha cambiado su discurso de negación y silencio ante los cientos de denuncias. Su portavoz, Federico Lombardi, ha salido publicamente a defender al Papa, argumentando que Murphy ciertamente había violado niños particularmente vulnerables, pero que cuando Ratzinger supo, el cura estaba muy enfermo. Murphy le escribió una carta al actual Papa donde le decía: Sólo quiero vivir el tiempo que me queda en la dignidad de mi sacerdocio. Y Ratzinger se lo permitió.
David Clohessy se muestra escéptico sobre la ignorancia en torno a este acontecimiento y muchos más argumentada por Ratzinger: Es muy difícil de creer que los sacerdotes y obispos de Wisconsin e incluso el Papa no sabían de esos casos, sin mencionar los cientos de asuntos similares que existen en el mundo. La diferencia es que ahora existe una duda creciente sobre la participación directa de los papas en el encubrimiento de los curas pederastas.
La batalla de Bendicto XVI para salvaguardar su reputación no se centra sólo en Estados Unidos; se ha trasladado también a Europa, donde en Alemania, Holanda, Italia, Suiza, Irlanda o Austria se han presentado denuncias ante tribunales contra sacerdotes católicos por abusos sexuales contra menores.
Lo que está sucediendo es una vergüenza para Benedicto XVI. Ha protegido sacerdotes abusadores de niños durante décadas. Cada vez que veo su imagen me siento terriblemente triste al saber que pudo actuar responsablemente. ¿Quién sabe cuántos niños se hubieran salvado?
El caso alemán
El caso alemán es particularmente delicado para Ratzinger, ya que fue arzobispo de Munich y Freising entre 1977 y 1982, donde se han denunciado abusos cometidos por un sacerdote a quien Benedicto XVI supuestamente le permitió continuar en el ministerio.
En los pasados dos meses se han denunciado más de 250 casos de pederastia clerical, y la justicia alemana investiga una veintena de abusos sexuales en el seno de instituciones de educación católicas e iglesias, sin olvidar el asunto que involucra directamente al hermano del Papa, el sacerdote Georg Ratzinger, quien dirigía el coro de niños Domspatzen, donde se han denunciado estas situaciones.
“Estos casos son muy dañinos para el Vaticano y el Papa –dice Cloessey–. Esto es sólo el principio; estamos seguros de que todas las víctimas de sacerdotes que existen alrededor del mundo van a continuar con nosotros, exponiendo su verdad. Ahora tenemos mucha documentación que demuestra el encubrimiento papal de los sacerdotes abusadores de niños.”
–Por primera vez, el Vaticano está reconociendo parte de su culpa. ¿Es un reconocimiento indirecto de las denuncias presentadas por las víctimas durante los pasados 30 años?
–El reconocimiento es bueno, pero serían mejor los informes verdaderos, la apertura de los expedientes secretos del Vaticano sobre los depredadores. La aceptación de su culpa no garantiza el progreso de los casos. No es suficiente. El Vaticano tiene que cambiar su política sobre la protección a los niños y la atención y cuidado a las víctimas.
La apertura de los archivos secretos no es algo que sólo exijan las víctimas. La presidenta de Suiza, Doris Leuthard, solicitó tener un registro nacional de sacerdotes católicos implicados en abusos contra menores, para que no tengan más contacto con éstos: Es un buen primer paso que los gobiernos de los países exijan eso, porque al menos los padres de los niños podríamos saber donde están los sacerdotes pederastas, y de esa manera protegeríamos mejor a los menores.
Jeff Anderson, por lo pronto, no descansa en su cruzada contra la pederastia clerical. El lunes 5 de abril presentó en conferencia de prensa el caso del sacerdote Joseph Palanivel Jeyapaul, acusado de violar a una niña en Minnesota, y quien sigue trabajando como cura en la diocesis de Ootacamund, en el sur de India: Este sacerdote fue mantenido en su ministerio y continúa como cura, a pesar de las denuncias de abuso sexual hacia menores, a pesar de que el Vaticano tenía reportes de que se trataba de un depredador sexual de niños.
Anderson se considera luchador social a partir de que sufrió el drama de ver a su hija de ocho años abusada por un ex sacerdote católico. Está convencido de que su vida se transformó a partir de ese trágico episodio, porque encontró una nueva causa que perseguir hasta el final:
“Mi sueño es que los niños encuentren lugares seguros; que vayan a las iglesias y a las escuelas sabiendo que estarán protegidos. Mi sueño es que los niños del mundo estén a salvo, que consigan –por medio de la educación– una transformación para protegerse a sí mismos, para que no permitan que nadie pueda lastimarlos. Mi sueño es conseguir la justicia y la verdad para protegerlos.”
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Leyendo: de Sebastian Haffner, Historia de un Alemán
March 31st, 2010 · Uncategorized
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Anton Chejov: Sobre el amor
March 18th, 2010 · Uncategorized
En el desayuno del día siguiente sirvieron unas tortitas deliciosas, cangrejos de río y chuletas de carnero, y mientras desayunábamos subió Nikanor, el cocinero, a preguntar qué deseaban los visitantes para la comida. Era un hombre de mediana estatura, rostro abotargado y ojos pequeños, totalmente rasurado, y parecía que su bigote no había sido afeitado sino arrancado de cuajo.
Aiyohin dijo que la bella Pelageya estaba enamorada de este cocinero. Como era un borrachín y de carácter violento, ella no quería casarse con él, pero estaba dispuesta a vivir con él así. Él, sin embargo, era muy devoto, y sus sentimientos religiosos no le permitían vivir “así”; insistía, pues, en el casamiento y no quería vivir de otro modo; y cuando estaba ebrio le regañaba y hasta le pegaba. Cuando estaba ebrio ella se escondía en el piso de arriba y rompía a llorar; entonces Aiyohin y la servidumbre se quedaban en la casa a fin de defender a la muchacha.
Se empezó a hablar del amor.
—Cómo nace el amor -dijo Aiyohin-, por qué Pelage no se ha enamorado de alguien más semejante a ella en cualidades internas y externas, y por qué se ha enamorado precisamente de ese Nikanor, de esa jeta -aquí todos le llamamos “el Hocico”—, en qué medida entran en el amor factores importantes de felicidad personal… todo eso es desconocido y sobre ello se puede discutir todo lo que se quiera. Hasta ahora se ha dicho del amor sólo una verdad inconclusa, a saber, que es “el gran misterio”; todo lo demás que se ha dicho y escrito sobre el amor no es una solución sino sólo una formulación de problemas que quedan sin resolver. La explicación que podría aplicarse a un caso no es aplicable a una docena de otros; más valdría, a mi modo de ver, explicar cada caso por separado sin meterse en generalizaciones. Cada caso específico, como dicen los médicos, debe ser individualizado.
-Esa es la pura verdad -asintió Burkin.
-A nosotros, los rusos bien educados, nos atraen estas cuestiones irresolubles. De ordinario, el amor es poetizado, adornado de rosas, de ruiseñores; pero nosotros los rusos engalanamos nuestro amor con esas cuestiones funestas, escogiendo además las menos interesantes. En Moscú, cuando yo era todavía estudiante, estuve viviendo con una chica, muchacha encantadora, quien cada vez que la tomaba en mis brazos pensaba en cuánto le daría mensualmente para gastos de la casa y en cuánto costaría ahora la carne de vaca. Del mismo modo, cuando nosotros estamos enamorados no cesamos de preguntarnos si nuestro amor es honesto o deshonesto, inteligente o estúpido, a dónde nos llevará, etcétera, etcétera. Si tal cosa es buena o mala no lo sé, pero lo que sí sé es que eso es un obstáculo, un motivo de insatisfacción e irritación.
Por lo que decía daba la impresión de querer contar algo. Las personas que viven solas llevan por lo común en la mente algo de lo que con buena gana quisieran hablar. En la ciudad los solteros visitan casas de baños y restaurantes sólo para ver si encuentran a alguien con quien pegar la hebra, y a veces relatan historias sumamente interesantes a los empleados de las casas de baños o a los camareros. En el campo, por otra parte, se desahogan con sus visitantes. En ese momento se veía por la ventana un cielo gris y árboles empapados de lluvia; en tiempo así no se podía ir a sitio alguno y no quedaba otro remedio que contar y escuchar historias.
-Vivo en Sofino y soy agricultor desde hace largo tiempo -empezó diciendo Aiyohin-, o sea, desde que terminé mis estudios en la universidad. Por educación y poco apego al trabajo manual, diríase que por inclinación, soy hombre de estudio. Pero cuando vine aquí pesaba sobre la finca una enorme hipoteca, y como mi padre se había endeudado en parte por lo mucho que había gastado en mi educación, decidí no irme de aquí y ponerme a trabajar hasta pagar la deuda. Así lo hice y comencé a trabajar en la finca, confieso que no sin cierta repugnancia. El terreno este no produce mucho y para que su cultivo no resulte en pérdidas es menester utilizar el trabajo de siervos y jornaleros, lo que viene a ser igual, o convertirse uno mismo en campesino juntamente con su familia. No hay término medio. Pero por aquel entonces yo no me metía en tales sutilezas. No dejé intacta ni una sola pulgada de tierra; reuní a todos los campesinos, hombres y mujeres, de las aldeas circundantes, y el trabajo cundió de lo lindo. Yo mismo araba, sembraba, segaba, trabajo que me resultaba aburrido, me enfurruñaba del asco que sentía, como gato de aldea obligado por el hambre a comer pepinos en la huerta. Me dolía el cuerpo y dormía de pie.
Al principio creí que podría conciliar fácilmente esta vida de trabajo físico con mis aficiones culturales; para ello -me decía- bastaba mantener en la vida un cierto orden externo. Me instalé en este piso de arriba, en las mejores habitaciones, dispuse que después del almuerzo y la comida me sirvieran café y licores, y leía en la cama El Heraldo de Europa todas las noches. Pero un día vino a visitarme nuestro sacerdote, el padre Iván, y de una sentada se bebió todos mis licores. El Heraldo de Europa también pasó a manos de las hijas del sacerdote, porque en el verano, sobre todo durante la siega del heno, yo no podía siquiera arrastrarme hasta la cama sino que me quedaba dormido en un trineo que había en el pajar o en cualquier cabaña del bosque. De ese modo ¿cómo iba a pensar en leer? Poco a poco me fui yendo al piso de abajo, empecé a comer en la cocina de la servidumbre, y del lujo anterior sólo quedan los criados que servían a mi padre y a quienes me da pena despedir.
En los primeros años me eligieron aquí juez de paz honorario. De vez en cuando tenía que ir a la ciudad y tomar parte en las sesiones del juzgado de paz y del tribunal del distrito; eso me entretenía. Cuando uno ha estado viviendo dos o tres meses sin salir de aquí, sobre todo en invierno, acaba por echar de menos la levita negra. Y en el tribunal del distrito había levitas, y uniformes, y fracs que llevaban los juristas, todos ellos hombres cultos con quienes se podía hablar. Después de haber dormido en un trineo y comido en la cocina, el hecho de sentarse en un sillón, con ropa limpia, con zapatos blandos, con la cadena del cargo al pecho… ¡vaya lujo!
En la ciudad me recibían cordialmente e hice amistades con facilidad. Y de todas éstas la más íntima y, a decir verdad, la más agradable para mí fue la que entablé con Luganovich, ayudante del presidente del tribunal del distrito. Ustedes dos lo conocen: persona sumamente encantadora. Esto fue inmediatamente después de aquel caso famoso de incendio premeditado. La investigación preliminar había durado dos días y estábamos agotados. Luganovich me miró y dijo:
-¿Sabe lo que le digo? Que se venga a comer conmigo.
Aquello era inesperado, ya que yo conocía poco a Luganovich; sólo oficialmente. Nunca había estado en su casa. Pasé un momento por la habitación del hotel para mudarme de ropa y fui a la comida. Y allí se me ofreció la ocasión de conocer a Anna Alekseyevna, esposa de Luganovich. Ella era entonces muy joven todavía, tendría no más de veintidós años, y hacía seis meses que había dado a luz a su primer niño. Esto es ya agua pasada; ahora me costaría trabajo puntualizar qué era exactamente lo que en ella había de extraordinario, lo que tanto me gustó; pero entonces, en la comida, todo ello me resultaba clarísimo: veía a una mujer joven, hermosa, bondadosa, inteligente, fascinante, una mujer como no había visto nunca antes. En ese momento tuve la sensación de que aquél era un ser muy allegado a mí y ya conocido, como si ya antes, largo tiempo atrás, en mi infancia, hubiese visto precisamente ese rostro, esos ojos inteligentes y atractivos en un álbum que tenía mi madre encima de la cómoda.
En el asunto del incendio intencionado los procesados eran cuatro judíos acusados de conjura, en mi opinión sin fundamento alguno. Durante la comida estuve muy agitado e incómodo. No recuerdo lo que dije, sólo que Anna Alekseyevna sacudía de continuo la cabeza y decía al marido:
—Dmitri, ¿cómo puede suceder tal cosa?
Luganovich era una de esas personas sencillas y de buena índole que se aferran a la opinión de que cuando un individuo es procesado ello significa que es culpable, y de que sólo cabe expresar dudas sobre la justicia de una sentencia documentalmente y según los preceptos legales, pero no durante una comida y en conversación privada.
-Ni usted ni yo somos culpables de un delito de incendio intencionado -apuntó mansamente-, y ya ve usted que no estamos procesados ni estamos en la cárcel.
Los dos, marido y mujer, trataron de hacerme comer y beber lo más posible. Por algún detalle, por la manera, por ejemplo, en que ambos preparaban juntos el café y el modo en que se entendían con medias palabras, colegí que vivían en paz y buena compañía y se alegraban de tener a un invitado. Después de la comida tocaron el piano a cuatro manos; luego llegó el anochecer y yo me volví al hotel. Esto ocurrió a comienzos de la primavera. Pasé el verano entero en Sofino, sin salir de allí, y ni siquiera tuve tiempo para pensar en la ciudad, pero el recuerdo de aquella mujer rubia y juncal permaneció fijo en mi mente durante todo ese tiempo. No pensaba en ella, pero era como si su leve sombra estuviese alojada en mí alma.
En las postrimerías del otoño se dio en la ciudad una función teatral con fines benéficos. Entré en el palco del gobernador (en el entreacto me habían invitado a hacerlo); allí vi a Anna Alekseyevna sentada junto a la esposa del gobernador; y de nuevo tuve la misma impresión, irresistible y sorprendente, de belleza, de ojos hermosos y acariciantes, y la misma sensación de proximidad. Me senté junto a ella y luego salimos al vestíbulo.
—Ha adelgazado usted -me dijo—. ¿Ha estado enfermo?
—Sí, he tenido reuma en el hombro, y en tiempo lluvioso duermo mal.
-Tiene cara de fatiga. En la primavera, cuando vino a comer con nosotros, parecía usted más joven, más brioso. Estaba entonces animado y hablaba mucho; era usted persona muy interesante, y confieso que me fascinó un poco. Por alguna razón he pensado en usted a menudo durante el verano, y hoy cuando me preparaba a venir al teatro se me ocurrió que quizá lo vería.
Y rompió a reír.
-Pero hoy tiene cara de fatiga -dijo de nuevo-. Eso le hace parecer más viejo.
Al día siguiente almorcé en casa de los Luganovich. Después del almuerzo salieron para su casa de verano a fin de cerrarla para el invierno. Fui con ellos. Con ellos también volví a la ciudad, y a medianoche estuvimos bebiendo té en un ambiente de hogareña tranquilidad, ante el fuego de la chimenea y mientras la joven madre iba con frecuencia a ver si dormía su hija. Después de esto, cada vez que iba a la ciudad nunca dejaba de ir a ver a los Luganovich. Se acostumbraron a mí y yo me acostumbré a ellos. Por lo común iba a verlos sin anunciárselo, como si fuera miembro de la familia.
-¿Quién está ahí? -preguntaba desde una habitación lejana una voz pausada que se me antojaba tan hermosa.
-Es Pavel Konstantinych —respondía la doncella o la niñera.
Anna Alekseyevna salía a verme con cara de alarma y me preguntaba siempre:
-¿Por qué no lo hemos visto en tanto tiempo? ¿Le ha sucedido algo?
Su mirada, la mano fina y elegante que me alargaba, su vestido casero, su peinado, su voz, sus pasos, todo producía siempre en mí la misma impresión de algo nuevo y extraordinario, de algo muy significativo en mi vida. Hablábamos largo rato y largo rato callábamos, cada uno pensando sus propios pensamientos; o bien ella se sentaba a tocar el piano para mí. Si no había nadie en casa me quedaba allí esperando, hablando con la niñera, jugando con la niña, o me recostaba en el diván turco del despacho para leer el periódico. Y cuando volvía Anna Alekseyevna, salía al vestíbulo a recibirla, recogía todas las compras que había hecho y por alguna razón cargaba con esas compras con tanto amor, con tanta solemnidad como si fuera un muchacho.
Hay un refrán que dice: “A la vieja todo le era fácil, por lo que se compró un cerdo”. A los Luganovich todo les era fácil, por lo que entablaron amistad conmigo. Si pasaba mucho tiempo sin que yo fuera a la ciudad, ello quería decir que estaba enfermo o que me había ocurrido algo, por lo que ambos quedaban sumamente preocupados. Les preocupaba que yo, hombre culto, conocedor de lenguas, en vez de dedicarme a la erudición o la literatura, viviera en el campo, anduviera de la ceca a la meca, trabajara mucho y nunca tuviera un céntimo. Creían que no era feliz, que hablaba, reía y comía sólo para ocultar mis penas; y hasta cuando estaba alegre, cuando me sentía bien, notaba que clavaban en mí miradas inquisitivas. Mostraban especial ternura cuando me hallaban en verdaderas dificultades, cuando me apremiaba algún acreedor o no podía pagar a tiempo una deuda. Ambos, marido y mujer, susurraban algo junto a la ventana, luego se acercaban a mí y me decían con voz grave:
-Si necesita usted dinero en este momento, Pavel Konstantinych, mi mujer y yo le rogamos que no se avergüence de pedírnoslo prestado.
Y se le ponían las orejas coloradas de la agitación que sentía. O bien, después de hablar en voz baja junto a la ventana, se me acercaba con las orejas coloradas y decía:
-Mi mujer y yo le rogamos que acepte este regalo. Y me daban botones de camisa, una pitillera o una lámpara; y yo por mí parte les mandaba de mi finca pollos, mantequilla y flores. A propósito, ambos eran personas adineradas. En los primeros días, y a menudo, pedía dinero prestado donde podía, sin cuidarme mucho de a quién se lo pedía, pero por nada del mundo se lo hubiera pedido a los Luganovich. En fin, ¿para qué hablar de ello?
No me sentía feliz. En casa, en el campo, en el pajar, pensaba en ella, tratando de comprender el misterio de una mujer joven, hermosa e inteligente que se había casado con un hombre tan poco interesante, casi un viejo (el marido pasaba de los cuarenta), y había tenido hijos de él; trataba de comprender el misterio de ese hombre insulso, bonachón, ingenuo, que juzgaba las cosas con tan fastidioso buen sentido, que en bailes y veladas se apegaba a las gentes de pro, distraído, superfluo, con semblante respetuoso, apático, como si le hubieran traído allí para ponerle en venta, hombre que no obstante se creía con derecho a ser feliz y tener hijos de ella; y yo seguía empeñado en comprender por qué ella lo había conocido precisamente a él antes que a mí, y por qué había ocurrido en nuestras vidas tan horrible equivocación.
Y cada vez que llegaba a la ciudad veía en los ojos de ella que me había estado esperando; y ella me confesaba que desde esa mañana había tenido un presentimiento raro, había adivinado que yo vendría. Hablábamos largo y tendido, callábamos y no nos confesábamos nuestro amor, sino que lo disimulábamos tímida y celosamente. Temíamos todo cuanto pudiese revelar nuestro secreto aun a nosotros mismos. Yo la amaba tierna y hondamente, pero reflexionaba y me preguntaba a qué podría conducir nuestro amor si no teníamos fuerza bastante para luchar contra él. Me parecía increíble que este amor mío callado y triste pudiera, de pronto y brutalmente, romper el curso feliz de la vida de su marido, de sus hijos, de todo aquel hogar en que tanto me querían y tanto confiaban en mí. ¿Sería ése un proceder honrado? Ella me seguiría, pero ¿a dónde? ¿A dónde podría llevarla? Otra cosa sería si mi vida hubiera sido bella e interesante, si yo, por ejemplo, hubiera estado luchando por la liberación de mi patria, o fuera un erudito famoso, un actor, un artista. Pero tal como estaban las cosas sería trasladarla de una vida monótona a otra tan monótona o más que la otra. ¿Y cuánto tiempo duraría nuestra felicidad? ¿Qué sería de ella si yo cayera enfermo, o muriera, o simplemente dejáramos de amarnos?
Y ella, por lo visto, reflexionaba de igual modo. Pensaba en el marido, en los hijos, y en su madre, quien quería al yerno como a un hijo. Si se rendía a sus sentimientos tendría que mentir o decir la verdad, y en su situación lo uno y lo otro serían casos igualmente embarazosos y terribles. Le atormentaba la pregunta de si su amor me procuraría la felicidad, de si no me complicaría la vida, ya de suyo bastante dura y llena de toda suerte de apuros. Le parecía que no era bastante joven para mí, lo bastante laboriosa y enérgica para empezar una nueva vida. Y a menudo decía al marido que debería casarme con una muchacha honrada e inteligente que fuera una buena ama de casa y una compañera que me sirviera de ayuda -y al momento agregaba que una muchacha así a duras penas podría encontrarse en toda la ciudad.
Mientras tanto iban pasando los años. Anna Alekseyevna tenía ya dos niños. Cuando yo iba a casa de los Luganovich los criados me sonreían cordialmente, los niños gritaban que había llegado el tío Pavel Konstantinych y se me colgaban al cuello. Todo el mundo se alegraba. No comprendían lo que yo llevaba dentro de mí y creían que yo también estaba alegre. Todos veían en mí a un sujeto caballeroso, y todos ellos, personas mayores y niños, tenían la impresión de que el que iba y venía por la habitación era, en efecto, un sujeto caballeroso. Ello daba a sus relaciones conmigo un encanto singular, como si mi presencia en sus vidas fuese también más pura y hermosa.
Anna Alekseyevna y yo íbamos juntos al teatro, siempre a pie. Nos sentábamos juntos, nuestros hombros se tocaban. Yo, sin decir nada, tomaba de sus manos los gemelos y en ese momento sentía que ella estaba muy cerca de mí, que era mía, que no podíamos vivir uno sin el otro. Pero no sé por qué incomprensión, cuando salíamos del teatro siempre nos despedíamos y separábamos como si fuéramos extraños. Sabe Dios lo que la gente de la ciudad estaría ya diciendo de nosotros, pero en ello no había ni pizca de verdad.
Últimamente Anna Alekseyevna iba a menudo a estar con su madre o con su hermana. Empezó a mostrarse desalentada, consciente de que su vida era insatisfactoria, de que la había malgastado; y entonces no quería ver ni al marido ni a los hijos. Estaba en tratamiento por trastornos nerviosos.
Seguíamos sin decirnos nada, y en presencia de extraños ella me mostraba una inexplicable irritación. Bastaba que yo dijese cualquier cosa para que ella expresara su desacuerdo, y si yo discutía con alguien ella se ponía de parte de mi rival. Si dejaba caer algo, ella comentaba fríamente:
-Enhorabuena.
Si olvidaba los gemelos cuando íbamos al teatro me decía después:
-Ya sabía yo que los olvidaría.
Por fortuna o desdicha no hay nada en nuestra vida que no acabe tarde o temprano. Llegó el momento en que hubimos de separarnos, ya que Luganovich recibió un nombramiento en una de nuestras provincias occidentales. Tuvieron que vender los muebles, los caballos, la casa de verano. Cuando fuimos a ésta y luego cuando, al alejarnos de ella, nos volvimos para echar un último vistazo al jardín y al techo verde, la tristeza se apoderó de todos nosotros y yo comprendí que había llegado la hora de despedirse y no sólo de la casa de campo. Quedó acordado que a fines de agosto iría Anna Alekseyevna a Crimea por mandato de los médicos, y que poco después Luganovich y los niños saldrían para la provincia occidental.
Había venido mucha gente a despedir a Anna Alekseyevna. Cuando dijo adiós a su marido y a sus hijos y sólo quedaba un instante para el tercer toque de campana, corrí a su compartimento para poner en la red de equipajes una cesta de la que estaba a punto de olvidarse; y fue necesario despedirme de ella. Cuando allí, en el compartimento, nuestros ojos se encontraron, nuestra resistencia espiritual se vino abajo. La abracé, ella apretó su cabeza contra mi pecho y rompió a llorar. Besando su rostro, sus hombros, sus manos húmedas de llanto -¡ay, qué desventurados éramos los dos!-, le confesé mí amor, y con ardiente dolor de corazón comprendí cuan inútil, mezquino y engañoso había sido todo lo que había impedido que nos amásemos. Comprendí que cuando se ama y se reflexiona sobre ese amor se debe comenzar por lo que es más alto, por lo que es más importante que la felicidad o la desdicha, que el pecado o la virtud en su sentido habitual, o bien no reflexionar en absoluto. La abracé por última vez, le apreté la mano y nos separamos para siempre. El tren había arrancado ya. Pasé al compartimiento contiguo -estaba vacío- y me senté en él llorando hasta la estación siguiente. Desde allí volví a pie a Sofino.
Mientras Aiyohin contaba esta historia había cesado de llover y salido el sol. Burkin e Ivan Ivanych salieron al balcón, desde donde se disfrutaba de una hermosa vista del jardín y el río, que ahora, iluminado por el sol, brillaba como un espejo. La estuvieron admirando, a la vez que lamentaban que este hombre de ojos bondadosos e inteligentes, que les había contado su historia con tanta sencillez, tuviera que dar vueltas como una veleta en esta finca enorme, en vez de dedicarse a algún trabajo de erudición u ocuparse en cualquier otra cosa que hubiera hecho su vida más agradable. Y pensaban en el rostro afligido de Anna Alekseyevna cuando él se despedía de ella en el compartimento y le besaba la cara y los hombros. Los dos habían tropezado con ella en la ciudad, y Burkin la había conocido personalmente y la juzgaba hermosa.
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Agendas: ya cuando llegas a Marzo…
March 15th, 2010 · Uncategorized
Ha llegado Marzo y recuerdas que tu agenda esta arrumbada en algún rincón de tu casa. Buscas hasta debajo de la cama y recuerdas que la última vez que la usaste fue cuando en una junta te dieron unos datos; recuerdas también que sacaste la agenda, anotaste los datos y dos semanas más tarde recibiste los debidos reclamos por no llegar a la cita apuntada.
Cuando los compromisos se comienzan a acumular, el trabajo se hace de lo mejorcito de nuestras personas, y lo más común es que la organización se haga cada vez más difícil de mantener. Cierto, puede que aunque no estés organizado como podrías o deberías, eso no evita que llegues a tus reuniones o cumplas con tus compromisos. Ese concepto de llegar como sea pero llegar es el primer factor que propicia el desorden.
Siempre nos quejamos de que otros llegan tarde, de que los mexicanos son los maestros de los pretextos y víctimas del mundo que no nos permite cumplir con nuestros compromisos a pesar de nuestra ferrea voluntad. La realidad es que quienes impiden el orden somos nosotros mismos en pequeñas actitudes que damos por normales a fuerza de repetición en nosotros mismos y en otros.
Qué pasa entonces? Las actividades parecen salir de la nada y tu día necesita ser solucionado sin preparación. Todo lo que nos llega como tarea a realizar se va inmediatamente a nuestra lista de pendientes. Nos la pasamos improvisando y sacando la chamba hasta con la punta de las uñas, perdiendo en ese camino buena parte de la calidad.
Llevar una vida medianamente cuerda es ya bastante complicado como para meterle una agendita que hay que andar cargando. ¡Hazla parte de tus hábitos!
Aquí van algunas ideas que pueden ayudarte en la tarea.
1- Revisa tu agenda antes de salir de casa; mientras tomas el café, antes o después de checar el correo en la oficina. Haz tus observaciones sobre ella, pon las ideas que surgen en el día para resolver tus conflictos en la sección de notas o simplemente en el espacio del día.
2- Saca la agenda en reuniones de trabajo y úsala para anotar ahí los nuevos contactos que hagas, hacer un pequeño resumen de los acuerdos tomados y anotar las tareas que de ahí en adelante se deban realizar. Segúramente llevas un block de notas o una libreta con todos los apuntes de tus reuniones; esta bien que ahí lleves apuntes detallados, pero anotar en la agenda un resumen te permite tenerlo presente.
3- Marca las actividades que hiciste y remarca con otro color las que faltan. Si llega el fin de semana y hay una actividad que no completaste o simplemente no hiciste, vuélvela a anotar en la semana que corriente. La realidad es que una vez pasada la página, a veces uno no regresa sobre ella; para evitar olvidos, mejor vuelve a anotarlo.
4- Prioriza tus actividades pero dale la debida importancia a TODOS los compromisos anotándolos. Si quedas con la amiga para tomar cafecito, ¡anótalo! Si tienes una reunión a primera hora, acuérdate de escribirlo sin importar que es una actividad que muy probablemente no olvides. Las agendas no están hechas para no olvidar cosas, sino para registrar actividades.
5- Pon límites. No permitas que las cosas que ya has agendado se queden como constantes asuntos sin resolver por segundos o terceros. En la vida hay cancelaciones, accidentes, etc. pero no puede ser que cada vez que haces una cita, la cita llegue tarde o te diga que mejor mañana y tu debas mover todo en tu día para acomodar la informalidad de los demás. Dale seriedad a tus citas y exige seriedad con horarios y/o días.
Con algunos cambios en nuestras prácticas podemos darle salida a muchos de nuestros conflictos laborales y personales. No siempre es sencillo y al principio casi siempre es poco elegante, pero cada paso te hace la vida más fácil.
¡A anotar!
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Hugo Gutiérrez Vega: Carlos en la memoria
March 1st, 2010 · Uncategorized
Son muchas las facetas de su personalidad, y muchas las inquietudes que lo llevaron a escribir poemas, ensayos, relatos y novelas. De su poesía recuerdo sus primeros libros: Las armas del viento, Finisterra, Abril y otros poemas, y Abril y otras estaciones.
Sus poemas florecían en el clima benigno de la primavera; con ella llegaban a su ánimo las palabras para forjar el poema. Gran lector de poesía, tuvo siempre un acendrado amor por los misterios del lenguaje, y por la empresa de romanos que es la traducción. Tengo presente su Antología de la poesía griega, en la cual contó con la ayuda del poeta heleno, asentado en Nueva York, Rigas Kápatos. La curiosidad infatigable de Carlos anduvo también por los terrenos del latín, el sánscrito, el hebreo y algunas lenguas modernas. Mención especial merecen sus Encuentros con Oaxaca, sus antologías del cuento indígena, los estudios y trabajos sobre las lenguas nacionales. Brilla con luz poderosa su Diccionario del náhuatl en el español de México. Estos trabajos académicos se enriquecieron con su talante moral, con su permanente defensa de los derechos siempre cancelados de los indígenas, a quienes llamamos extranjeros en su tierra
, y con su participación en comisiones que buscaban mediar entre el Estado y los grupos rebeldes.
Junto con la poesía, tal vez su primer y más constante amor, están los relatos y las novelas. En toda su prosa narrativa encontramos sus preocupaciones sociales y políticas, y su defensa de los oprimidos por el monstruo neoliberal. De sus relatos destaco Las llaves de Urgell, Operativo en el trópico y La tormenta y otras historias.
Su novela Guerra en el paraíso, prodigio de investigación cuidadosa, de pasión bien orientada y de excelente prosa, es una de las obras fundamentales de la literatura mexicana de todos los tiempos. Su recreación de la guerra sucia de los años setenta, y su fiel retrato de Lucio Cabañas, dan a su novela el carácter de testimonio sobre una rebeldía buscadora de justicia e igualdad, y de análisis, siempre ameno, de la crueldad con que el Estado autoritario enfrentó a una disidencia que partía del corazón mismo de los humillados y ofendidos de un país que ha tenido, como aspecto constante de las distintas etapas de su historia, la injusticia social y la abismal desigualdad. Ya desde sus estudios sobre el ataque al cuartel de Madera, Carlos se convirtió en el cronista más fiel y valeroso de las luchas populares de los últimos años. Su curiosidad era tan acuciante y tan unida a una ética limpia, comprometida y entusiasta, que le permitió hacer el estudio completo de la mayor parte de las manifestaciones de rebeldía que registra nuestra historia moderna.
Recuerdo la tarde entera que pasamos hablando de los conatos de levantamiento protagonizados por algunos miembros del sector juvenil del PAN, al terminar la campaña de Luis H. Álvarez. Huajuapan de León y Matamoros fueron los lugares en los cuales los muchachos panistas intentaron una sublevación popular. Su aventura acabó en las Islas Marías, en los muros de agua de los que habla otro gran rebelde, José Revueltas.
Se va Carlos dejándonos su libro más reciente entre las manos. Me refiero a La violencia de Estado en México. Con esta obra indispensable para el conocimiento de las horrendas realidades de nuestro país, culminan sus estudios sobre la búsqueda de la justicia y de la libertad. Lo despedimos con agradecimiento y admiración. Aquella tarde en la que hablamos surgió de repente el nombre de Yorgos Seféris. Los dos dijimos en voz alta el epígrafe de su poema sobre Helena de Troya: No te dejan en Platres dormir los ruiseñores
. A Carlos le quitaron el sueño los ruiseñores de la literatura, del bel canto y los de las luchas sociales. Ahora duerme sin fin, como el torero celebrado por García Lorca. La historia de este pobre país nuestro vela su sueño. Sus amigos, sus lectores y su pueblo mantenemos viva su memoria.
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Adolfo Gilly: Adiós a un poeta
March 1st, 2010 · Uncategorized

En la madrugada de este último día de febrero se fue, dicen, Carlos Montemayor. Hace hoy un mes, el último día de enero, publicó un poema en La Jornada. Hablaba de un su amigo italiano, Tito Maniacco, un poeta de la ciudad de Udine en la región del Friuli, donde cien mil habitantes viven entre la montaña alpina y el mar Adriático.
Tito Maniacco murió el 22 de enero pasado, a los 78 años de edad. Era también indagador y narrador de historias, maestro de primaria, poeta de la provincia italiana y, además, militante comunista desde su juventud. Amaba narrar, hablar de los problemas y también de sí mismo y de sus experiencias. Era además un gran escuchador, tenía el raro don de conocer de inmediato a las personas y por eso en el partido todos lo querían
, dijo de él Enrico Chiussi, amigo y compañero suyo en aquel hoy inexistente Partido Comunista Italiano. “Como político –agregó– era un comunista riguroso. Desilusionado del panorama actual, vivía no obstante retirado en sus lecturas”. Nunca perdió, dicen también sus compañeros, el afán de comprender el mundo y de cambiarlo, y el gusto por la ironía y la autoironía
.
Esta inclinación de su espíritu iba tal vez envuelta como afirmación de su ser en su última voluntad: que su funeral fuera en el hospital donde murió, su ataúd cubierto por la bandera roja de su viejo Partido desaparecido, y su despedida La Internacional
, aquel canto de lucha del siglo pasado y tal vez de alguno que vendrá. A ese amigo distante dedicó Carlos su último poema.
Tito Maniacco había escrito el prólogo de uno de los recientes libros de Carlos Montemayor, Los poemas de Tsin Pau. Dijo de él allí: “Carlos Montemayor alias Tsin Pau se vuelve un poeta chino, tal vez uno de tantos diseminados en la vieja antología de poetas chinos titulada Las trescientas poesías Tang, quizá del gran Tu-fu o del grandísimo Li Po”. Los poemas de Tsin Pau fue publicado en 2007 en Chihuahua por La Cabra Ediciones. Ese hombre de Parral que era Carlos dijo entonces que los había inspirado el haber visto en China paisajes semejantes a los de su Chihuahua.
El poema de Montemayor para su amigo era también su propio adiós. Me conmovió su tersura y su belleza y le escribí dos líneas en ese mismo día: Carlos: Me gustó mucho tu recuerdo para el poeta de Udine y te lo quería decir. Un abrazo
. No disgustaría a la ironía de sí mismo que el propio Carlos solía esgrimir que, ahora en su recuerdo, publiquemos en La Jornada este breve retrato de Tito Maniacco y, una vez más, el poema anunciador que él le dedicó en su partida, junto con las fotos de ambos.
Farewell, Carlos, y larga vida en la otra vida.
28 de febrero de 2010.
* * *
Adiós al poeta Tito Maniacco, de Udine (23 de enero de 2010)
Carlos Montemayor
Dicen que el día de ayer mi amigo emprendió un largo viaje.
Sé que los poetas estamos acostumbrados a dilatadas travesías.
A veces las iniciamos desde nuestra mesa, desde la ventana, desde una página en blanco.
Nuestros largos viajes no son para descubrir o conquistar territorios; cuando logramos regresar, a menudo nos damos cuenta de que sólo pudimos comprender los territorios que son nuestros.
No lo hacemos tampoco porque deseemos estar en muchos lugares, salvo en ciertos sitios, en algunos instantes.
No podemos permanecer para siempre en la mujer que hemos amado, en el abrazo del sol y de las tierras que han sido también nuestra familia.
No podemos extender para siempre el brindis con los amigos fraternos y disertadores, que cantan y discuten hasta que despiertan el alba.
Tampoco viajamos para alcanzar el aliento de la poesía que nos guió:
sí para escuchar nuestro corazón, que no quiere entender.
Dicen que mi amigo ha emprendido un largo viaje.
Me imagino que se trata de una nueva jornada hacia la luz.
Una luz ahora lo recibe, lo comprende y le explica cómo somos.
Quizás, tras el túnel de luz que ha recorrido, lo recibe un aliento suave de aurora, acaso un velo gris de silencio, o tal vez un pequeño poblado que está de fiesta.
Me parece ver el pueblo en los valles de los Prealpes.
¿O será en lo alto de las cordilleras del Yang-Tsé?
¿En aquella cadena de montañas, las conocidas como las murallas de Chiang Tsun, donde termina pronto el verano y llegan los vientos fríos del norte, donde las águilas vuelan sobre las cumbres y su vuelo parece un dibujo, se asemeja a un pensamiento?
Quería regresar ahí, acaso.
O posiblemente estamos en la página en blanco de su viaje. Ahí levanta los brazos y nos llama, somos parte de esa fiesta que no termina, parte de ese largo viaje que a cada uno de nosotros nos sigue buscando, nos sigue recibiendo.
Lo distingo allá, a lo lejos.
Levanto la mano para saludarlo.
Pero sé que viaja entre nosotros.
Fuente: La Jornada
Luis Hernández Navarro: Carlos Montemayor; cuando el tiempo falta
March 1st, 2010 · Uncategorized
Eran los primeros días de la sublevación zapatista. En el aire todavía estaba fresco el olor a pólvora. Junto a un amplio grupo de analistas mexicanos, Carlos Montemayor fue invitado a participar en un seminario sobre el alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional organizado por un importante think tank en Washington.
En la opinión pública había un intenso debate sobre la naturaleza y los alcances de la rebelión. Comenzaba la guerra de tinta e Internet. En los círculos intelectuales oficiosos la moda era presentar el levantamiento como producto de la manipulación de las comunidades indígenas de Chiapas por parte de un grupo de revolucionarios profesionales mestizos y del obispo Samuel Ruiz y su iglesia.
En su ponencia, Montemayor hizo añicos esta interpretación del conflicto. Explicó cómo el zapatismo sólo podía entenderse como parte de la historia de las guerrillas en el país a lo largo de varias décadas y, simultáneamente, como una guerrilla rural genuinamente indígena. Postuló que la insurgencia requería analizarse como parte de un movimiento afincado en una zona específica, crecido a la sombra de la urdimbre familiar, social y regional que lo encubrió y lo transformó de estación en estación del año; como una fuerza auténtica nacida de las comunidades.
Cuando al final de las presentaciones uno de los asistentes preguntó qué debía hacer Estados Unidos ante el conflicto, el novelista afirmó enfático: nada. No intervenir. Ése no es su asunto. La respuesta disgustó a los analistas estadunidenses, acostumbrados a pensar que la intervención de su país en los asuntos internos de América Latina, sea para defender la democracia y los derechos humanos
, o sea para garantizar la estabilidad y los intereses de sus empresas, es una actividad legítima.
Durante años, el analista siguió escribiendo sobre el tema. Sus obras se convirtieron en una ventana privilegiada para asomarse al conflicto. Fueron traducidas a varios idiomas. En la librería de Aldo Zanchetta, en la ciudad de Lucca, Montemayor presentó la versión italiana de su libro sobre Chiapas. Inspirado por estar en la tierra de Giacomo Puccini, para sorpresa del público, en lugar de hablar sobre su texto, el escritor cantó arias del célebre compositor de ópera toscano.
Así se las gastaba Montemayor. Lo mismo desbrozaba la coyuntura nacional a contracorriente de las versiones oficiales que sacaba sus pistas musicales con amigos para desplegar sus dotes de tenor. Con igual erudición e interés abordaba temas de la cultura grecolatina que defendía el valor y la riqueza de las lenguas indígenas. Con idéntica soltura y solidez escribía de temas candentes de la actualidad desde la perspectiva del derecho, la teoría política y la historia. Lo hacía, además, con un explícito compromiso con los de abajo.
Durante los últimos años de su vida trabajó en su casa, dividiendo su tiempo entre la música y la literatura. Procuraba vocalizar un rato al día, lo que le servía como contrapeso para aguantar la presión de la escritura y el análisis político. Encontraba en la música lo que quería producir en literatura y en la literatura lo que deseaba hacer en música.
Polígrafo incansable, ensayista, poeta, traductor, novelista, investigador y divulgador de las lenguas originarias de México, analista político, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, cantante de ópera, Montemayor sostuvo que la literatura recupera la dimensión humana de todo lo que existe
. Defendió y practicó el compromiso del artista con su arte.
En una época en la que la moda intelectual reivindica las opiniones de la tecnocracia especializada y al intelectual mediático de derecha, Montemayor fue uno de los intelectuales públicos de izquierda de vocación universalista más relevantes del país. Colaborador regular de La Jornada, hizo del ejercicio periodístico una herramienta privilegiada para comunicarse con el gran público. A pesar de las limitaciones de espacio a las que el género obliga (lo que padeció y lamentó), difundió sus opiniones en la prensa escrita con un estilo directo y claro.
Escritor realista que buscó comprender el mundo a través de la palabra, su trabajo literario partió fundamentalmente de la poesía pero no siempre se mantuvo en la órbita de la labor con el verso. Su obra como narrador comenzó como un reflejo de la poesía en la prosa, aliado siempre al sentimiento de que la poesía es una forma de tomar conciencia de la vida humana. Su literatura se desarrolló en función de una realidad, social o sensorial, que tomaba conciencia a través de la palabra.
Dos experiencias dieron sentido humano y profesional a su vida artística. En la primera, su maestro Federico Ferro lo acercó al mundo y a las lenguas grecorromanas. Éste fue el origen (el nacimiento, podría decir) de mi condición de escritor
, afirmó Montemayor. En la segunda, Óscar González Eguiarte lo acompañó en el descubrimiento de las luchas y reclamos sociales de los campesinos chihuahuenses de la década de los cincuenta y en el conocimiento de personalidades como Álvaro Ríos y Arturo Gámiz.
El trato que tuvo con una excepcional camada de dirigentes sociales e indígenas marcó su visión del mundo y su obra. “A partir de entonces –contó–, mi compromiso ha sido contrastar las versiones oficiales con las realidades sociales y humanas. Eso lo he hecho como analista político, como investigador, como historiador y como escritor, de manera que cuando se despertó mi vocación literaria sabía que en algún momento tendría que tomar estos temas, a los que siempre he estado apegado y nunca he perdido de vista.”
A la periodista cubana Yuris Nórido, Carlos Montemayor le confesó: “Me falta tiempo, nos falta tiempo. Para el periodismo, para la literatura, para la familia, para la amistad, para el amor… Siempre nos falta tiempo. Gran parte de la lucha de la vida es encontrar tiempo para lo que deseamos”. Creativo y vital, Carlos Montemayor se quedó sin tiempo. Tenía apenas 63 años de edad y muchas cosas que decir.
Fuente: La Jornada
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La Jornada: Montemayor, imprescindible
March 1st, 2010 · Uncategorized
La muerte prematura de Carlos Montemayor, acaecida la madrugada de ayer en esta capital, trasciende el ámbito de lo personal: se trata de una grave pérdida para el país en varias de sus dimensiones, y deja una ausencia irremediable en uno de los peores momentos de México.
Al ensayista, tenor, literato, traductor, investigador, lingüista, articulista, promotor cultural y luchador por la justicia social, los derechos humanos y las culturas indígenas, se le echará de menos en los terrenos correspondientes, en todos los cuales dejó obra trascendente. Fue, a su manera, un espíritu renacentista actuante entre los siglos XX y XXI.
Destacan, en particular, su labor de rescate, difusión y fortalecimiento de la literatura en lenguas indígenas; su fusión de virtudes académicas y narrativas, que cuajó en la novela Guerra en el paraíso –en la que plasmó parte de la historia de las organizaciones político-militares que, en los años 70 del siglo pasado, pretendieron transformar la realidad nacional por medio de las armas–, y su papel en la disuelta Comisión de Intermediación entre el gobierno federal y el Ejército Popular Revolucionario (EPR), al lado de Miguel Ángel Granados Chapa, Samuel Ruiz, Juan de Dios Hernández Monge, Enrique González Ruiz, Rosario Ibarra de Piedra y Gilberto López y Rivas.
Montemayor, además de investigador, erudito, creador literario e intérprete operístico, era un hombre consciente de las lacerantes injusticias que padecen desde siempre las mayorías depauperadas y que se han profundizado y extendido en forma alarmante en las tres más recientes décadas, como resultado de la implantación del modelo económico neoliberal y de la pérdida de rumbo por el grupo que detenta el poder público. Esa conciencia lo hizo mantenerse en contacto inmediato con las luchas sociales que han sido la expresión de las mayorías depredadas y las minorías oprimidas ante el avance de los intereses privatizadores, la descomposición institucional y los amagos autoritarios y antidemocráticos.
El Montemayor articulista honró estas páginas con sus escritos. Para La Jornada, su muerte es la pérdida irreparable de un amigo y de un colaborador excepcional, y este diario expresa solidaridad y afecto a sus familiares.
En el México de hoy, el poder político en todos sus niveles se ejerce con ineptitud, faccionalismo y patrimonialismo en grados nunca vistos, y se hace presente el riesgo de que este proceder termine por generar estallidos sociales e ingobernabilidad. En esta circunstancia, la comprensión y la acción de Carlos Montemayor resultaban agudamente necesarias. Al país va a hacerle mucha falta su pasión social y su rigor analítico, su creatividad y su serenidad, su independencia y su compromiso. Se nos ha muerto un imprescindible.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/03/01/index.php?section=opinion&article=002a1edi
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Me voy
February 25th, 2010 · Uncategorized
Ya la piel no me retiene.
Me despido sin pudor.
No pasa por mí la vergüenza
desnuda, expuesta en el reflejo.
Con la cara cubierta
y las piernas desdobladas
me deshago. La pena me rompe
desde dentro, podrida
engañada, vacía de palabras.
Apartada, inmovil
me voy a desaparecer.
Me voy, me veo desgajada,
dislocada. Me iré poco a poco.
Conmigo se irá el pasado
y me iré a vivir con el viento.
Me llevo la pena a cuestas
y mi historia quedará hecha trizas.
Pieza envenenada
del mundo que me aleja.
Recuerdo, seré espejo
de nada,
de polvo y mis huesos.
© Clitemnistra
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3 pasos para regresar a los clásicos y no dormir en el intento
February 22nd, 2010 · Chahuistle, Uncategorized
Cada año nos prometemos que: ahora sí vamos a leer aquel libro que tenemos sosteniendo la foto donde salimos abrazando al perro. Cada año sacamos el libro, comenzamos a leer las primeras veinte páginas arrinconados en el sillón, con una taza de café y música relajante de fondo. Por supuesto, a la primera oportunidad que hay vamos por más café, le cambiamos a la rola, y hasta atendemos a la vecina a la que usualmente no se le abre porque es bien metiche.
En una época de múltiples historias refritas y malos remakes de viejas obras, es indispensable tener algunos referentes culturales para saber de dónde han sacado las actuales series, las pelis y hasta los blogs sus ideas para crear historias cuando se dicen estar basados en algún clásico.
Contar es recontar las historias por donde muchos han pasado, es revisar la manera en que hablamos y escribimos, es repensar las cosas que hacemos, pensamos y decimos. Por eso, es importante darle una repasada a las historias que se han escrito antes de nuestro tiempo.
Cuáles son los peros que siempre le ponemos a los clásicos?
- Que el uso del lenguaje es complicado y no entendemos la historia
- Que es muy descriptivo y entonces cuando llevamos apenas media página ya nos dió sueño
- Que no tienes tiempo para leer más que la yahoo noticias por la mañana
¿Ya sabes cuál es la tuya? Pues en cualquiera de estos casos, como diría mi abuela: Todavía tienes remedio, solo necesitas algo de que agarrarte.
Herramientas en mano
No hay manera de alcanzar objetivos si no es entrándole a la brava. Lo que hasta ahora has hecho es tomar algún libro recomendado o escogido a lo bruto, lo has empezado a leer y abandonado casi al mismo tiempo. Hacerte de herramientas te ayudará en el transcurso de la lectura de tu libro.
1- GOOGLE IT!- Si ya tienes en mente algún título o autor sobre el cual quieres empezar a leer, o si quieres terminar de leer ese libro que cientos de veces has dejado a la mitad; ocúpate de investigar cinco minutos. Agarra el Google o la Santa Wikipedia y teclea el título o autor; segúramente encontrarás información que no sabías o algunos comentarios sobre el análisis de la novela. Esta información te ayudará a entender el contexto de la obra o su autor, no será una historia suelta en el aire nada más.
¿Todavía no sabes qué libro leerás? GOOGLE IT ANYWAY!!! busca tu tema de interés + literatura, seguro que algo saldrá.
2- EL LIBRO- Compra una edición buena del libro que quieres. Te recomiendo no empezar con un libro prestado a menos que sea imposible de conseguir, lo que no queremos es que te sientas presionado. ¿Cómo vas a saber que es una buenaedición? Pues siempre debe tener un estudio introductorio y de preferencia, pies de página para las referencias del traductor o editor. ¿Porqué? Las referencias son muy útiles para no tener que estar yendo y viniendo a wikipedia a cada rato o estando constantemente quedando con dudas sobre lugares, palabras, nombres de personajes históricos, etc. Una buena edición contiene esta información, especialmente si el traductor es un experto en el estudio de la obra.
Lee el estudio introductorio, ya sea antes o después de leer el libro, pero no te lo vayas a perder. Puede que en él encuentres parte de la historia del autor, su momento histórico, el análisis de la obra o hasta chismes jugosos de la época en que fue escrito lo que vas a leer.
3- ¿CUÁNDO?- Debes escoger el momento en que vas a leer y ponerte un tiempo aproximado o una hora del día en que dedicarás a la actividad. El mínimo de tiempo que necesitarás para esta actividad son 15 min. y máximo 30, para no sobrecalentarte el cerebrín. Hay gente que lee muy rico en el metro (para envidia mía porque yo me guacareo), hay otros que se van al café, o quienes leen antes de dormir. Debes ser razonable y crítico contigo mismo acerca de tu capacidad de concentración pues si tomas una cafetería y nomás no te puedes concentrar con el ruido y el movimiento, pasarás horas nomás mirando letras sin sentido. Ahora, no cambies ese horario para leer hasta que acabes el libro. Te sugiero no usar tus breaks en el trabajo, porque esos a veces cambian y son necesarios descansar no para hacer trabajar demás a tu cabeza.
Yo doy las siguientes opciones que me funcionan, tomando en cuenta que yo tengo una capacidad de concentración menor que la de mi perro. Estas referencias son para que tengas ideas del tipo de factores que considero cuando leo.
- Leer 15 minutos durante el desayuno. A esta hora tienes fresco el cerebro y hay pocas distracciones. El pero es que si tienes un compromiso y salen volado de casa, ya no leíste.
- Leer 20 minutos antes de dormir. A esta hora tampoco hay distracciones y la cama es un buen lugar para no andar dejando olvidado el libro. Hay que tomar en cuenta que en épocas de mucho estrés laboral, lo que uno menos hace es leer sino a) embriagarse, o b) llegar rendido y dormir.
- Leer en el café. Puedes tiempo específico para ir a leer unas horas a algún café o simplemente en casa. Ni siquiera significa que por tener cita con tu libro no puedes andar con tus cuates, al contrario, encontrarás que hay cuates que andan buscando con quien ir al café y acompañarse mientras leen.
- Leerle a alguien más. Hacer el compromiso de leerle alaguien que no puede leer, ya sea niño, viejo, enfermo o simplemente para compartir es una actividad poco común, pero la verdad es que te puede ayudar mucho y crea lazos de amistad y solidaridad muy fuertes.
Entrarle a sabiendas
Puedes apechugar y sentarte religiosamente a pasar los ojos sobre cada libro de aquí hasta que te mueras. Sin embargo, lo ideal es que abordes a los clásicos con más herramientas que la paciencia. Los clásicos son las obras literarias que han marcado la pauta en la que se escribirán las otras literaturas del mundo. Estos textos conforman la base cultural y social de las civilizaciones actuales pues en su momento fueron los discursos mediante los cuales se legitimaron. Digamos que fueron las historias que en su conjunto conforman lo que pensaban y como actuaban personas de la época.
Éntrale a la leída de las historias que hasta hoy son la inspiración para nuestros retos tecnológicos, para nuestras pelis y hasta para contarle luego a los sobrinitos.
Hay historias mucho más retadoras que el Twilight y Dan Brown. NO LE SAQUES!
Insurgente: Muere la última miembro de una tribu y, con ella, una lengua y una cultura
February 4th, 2010 · Uncategorized
Con la desaparición de los Bo ya sólo quedan vivos 52 integrantes de la etnia ‘Gran Andamanese’. Hagan clic en “Leer más” para ampliar la información y escuchar la voz de Boa. (En la fotografía, Boa, la última Bo, que acaba de fallecer a los 85 años).
La semana pasada murió Boa, una mujer de 85 años que era la última persona viva de la etnia Bo. Esta tribu, que habitaba las islas indias de Andamán desde hace 65.000 años, estaba considerada una de las más antiguas de la tierra.
Con la desaparición de los Bo ya sólo quedan vivos 52 integrantes de la etnia ‘Gran Andamanese’, que comprendía diez tribus distintas entre sí. Cuando en 1858 los ingleses colonizaron el subcontinente indio, había más de 5.000 ‘Gran Andamanese’, que llegaron a ser conocidos por su resistencia a cualquier contacto con personas ajenas a su comunidad.
Según los antropólogos, la extinción de los Bo es consecuencia directa de su aislamiento, la modificación de su entorno y su incapacidad para integrarse o coexistir con otras comunidades. Para algunos, como la lingüista Anvita Abbi, a la irreparable pérdida cultural que supone el final de un cultura se une el drama personal de Boa, la anciana Bo que pasó los últimos años de su vida sin nadie con quien poder conversar en su lengua materna y sin una persona afín a su cultura con la que poder evocar recuerdos.
Todos los intentos de trasladar a esta población fuera de su territorio han resultado catastróficos: ninguno de los 150 niños ‘Gran Andamanese’ nacidos fuera de las islas sobrevivió más de dos años. En la actualidad, esta población subsiste gracias a los suministros de comida y agua que reciben del gobierno indio por medio de barcos militares.
La India es el estado con más lenguas en peligro de desaparición de todo el mundo. En este estado se hablan cerca de 1.600 idiomas (casi una cuarta parte de los que hay en todo el mundo). De ellos, 195 están a punto de desaparecer, como el Bo.
El Mundo: Miguel Ángel Gayo Macías
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Olga Harmony: Yo soy mi propia mujer
February 4th, 2010 · Uncategorized
Por múltiples razones que no viene al caso exponer aquí, fui a ver muy tardíamente la exitosa obra del dramaturgo estadunidense Doug Wright que obtuvo multitud de premios como el Pulitzer, el Tony y el Lambda. Quizás no es muy conveniente escribir de un montaje que ya cumplió sus 100 representaciones, pero los productores Juan Torres y Guillermo Wiechers –que la tradujeron al español– se han pronunciado por continuar representándola por larga temporada y es importante hablar de ella por dos razones, una teatral y otra extra teatral. Empezaré por la segunda. Como muy bien dijeron las dos madrinas que develaron la placa, Carmen Aristegui y Eugenia León, la vigencia del tema es mayor que nunca en estos tiempos de homofobia e intransigencia con que el gobierno federal, llevado de la mano por lo más conservador del alto clero (que se atreve a derramar las más soeces injurias contra homosexuales y lesbianas) se lanza en furibundos ataques al que ama de manera diferente.
En este amenazado islote de laicismo en que se está convirtiendo el Distrito Federal la ley aprobada por la Asamblea Legislativa que legitima el matrimonio entre homosexuales y la posibilidad de que éstos adopten niños, ha desatado la más violenta y oscurantista embestida del gobierno, el clero y el PAN. Aunque con generosidad reconocen que los homosexuales también son seres humanos, llevan su hipocresía a condolerse de los niñitos que pudieran ser adoptados, condolencia que nunca han manifestado ante los payasitos de crucero, por ejemplo, aunque también lo hacen por la destrucción de óvulos fecundados. Científicos e intelectuales de alto nivel han tratado de explicarles cómo son las cosas, pero ellos no entienden. Yo sólo añadiría lo que todos sabemos, que algunos personajes gay del campo de la cultura y el entretenimiento adoptaron niños hace algunos años y nadie los injurió, antes se vio como acto generoso, como ahora porque entonces hacerlo no les era políticamente provechoso.
En lo que se refiere al hecho teatral, Yo soy mi propia mujer narra la vida de Lothar Berfelde, el extraño travesti de vida accidentada que con el nombre de Charlotte von Mahlsdorf –que adoptó no sólo por respetar su ser femenino sino por alejarse del recuerdo de sus años de cárcel por asesinar en un momento de ofuscación a su padre nazi y homófobo– fue ampliamente conocido en las dos partes del Berlín de la guerra y después en la postguerra por fundar el museo del mueble alemán Gründerzeit. Si bien el crimen contra su padre y actitudes como haber sido informante de la Stasi denunciando a amigos y conocidos, lanzan desagradables sombras sobre Lothar-Charlotte, el haber podido resistir en dos sistemas homófobos como el nazismo y el llamado socialismo real y luego combatido a los neonazis, convirtió al contradictorio personaje en una especie de icono de muchos movimientos gay y es por ello que vale enfrentarlo a los nuevos aires de odio que estamos viviendo. Doug Wright se basa en las memorias del travesti, llamadas como la obra, en documentos y en conversaciones con él, para narrar en su unipersonal que no necesariamente guarda la temporalidad.
En una sencilla escenografía de Sergio Villegas, que rescata algunos bellos muebles del museo, y con vestuario de Cristina Sauza, Héctor Bonilla lleva a cabo una destacada interpretación de más de treinta personajes, principalmente Charlotte y el propio autor del drama. En otras muchas ocasiones Bonilla ha llegado a sobreactuar sus papeles, enviando ciertos “guiños” a los espectadores, pero ahora muestra una gran contención matizando a cada uno de los personajes de la mejor manera, lo que se debe sin duda a la necesidad de rescatar los más importantes momentos de su trayectoria y también a la dirección de Lorena Maza que le marcó muy discretos desplazamientos en su trazo para enfocarse en la actoralidad. Sin duda no es tan difícil cambiar de uno a otro rol para un actor entrenado, pero Héctor Bonilla va más allá en sutileza y yo pondría de ejemplo su ligero amaneramiento cuando encarna a Doug Wright en contraste con la tímida y serena, pero nunca amanerada Charlotte von Mahldorf.
Fuente: La Jornada
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José María Pérez Gay: Treblinka, el campo de la muerte
January 30th, 2010 · Uncategorized
Según el diccionario latino-español de Agustín Blánquez Fraile, Sacer significa “sagrado, consagrado, sacro”, aunque también “maldito, execrable, abominable, detestable”. Giorgio Agamben, el filósofo italiano, encontró el concepto y lo puso en circulación –hace una decena de años– en su libro Homo Sacer: el poder soberano y la nuda vida. “El protagonista central de este libro es la vida nuda y vínculada”, escribe Agamben, es decir, “la vida del homo sacer que se puede quitar y sacrificar”. Se trata de una sospechosa figura del derecho romano arcaico, Sacer que incluye la vida humana en el orden jurídico sólo en forma de exclusión, es decir, en la posibilidad de darle muerte sin sanción.
Ningún ejemplo más radical del concepto del homo sacer que el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau –cuyos prisioneros vivieron su liberación hace 65 años. Un millón de muertos en el campo son demasiada gente, un universo concentracionario irrepetible, la fábrica de cadáveres del horror y la muerte. Por esa misma razón, Agamben escribió muchos años después Lo que queda de Auschwitz: el archivo y el testigo (2000).
“Desde la perspectiva del historiador, conocemos, hasta en los detalles mínimos, lo que sucedía en Auschwitz durante la fase final de su exterminio”, los deportados eran conducidos a las cámaras de gas por una escuadra integrada por sus propios compañeros judíos, los llamados Sonderkommando, que se ocupaba de sacar de allí los cadáveres, de lavarlos, de recuperar los dientes de oro y el cabello de los cuerpos antes de ponerlos en los hornos crematorios.
“Quizá no hay nadie que haya expuesto con mayor inmediatez esa divergencia y ese desasosiego, como Salmen Lewental”, un integrante de los Sonderkommando, que escribió sus testimonios en unas hojillas enterradas muy cerca del crematorio III, que salieron a la luz 17 años después de la liberación de Auschwitz: “Ningún ser humano puede imaginarse los acontecimientos tan exactamente como se produjeron, y de hecho es inimaginable que nuestras experiencias puedan ser restituidas tan exactamente como se produjeron (…) nosotros, un pequeño grupo de gente oscura que no dará demasiado que hacer a los historiadores”. Salmen Lewental se equivocó radicalmente.
El campo de Treblinka empezó a trabajar cuando, el 24 de julio de 1942, se inició la deportación de judíos: “De acuerdo al informe de las SS Brigadenführer Jürgen Stroop”, un total de 310 mil judíos fueron llevados en trenes de carga desde el gueto de Varsovia a Treblinka durante el periodo comprendido entre el 22 de julio y el 3 de octubre de 1942.
La vía del tren se extendía desde la estación ferroviaria de Treblinka hasta dentro del campo. Había dos barracas cerca de las vías del tren que eran utilizadas para almacenar las pertenencias de los prisioneros. Una estaba disfrazada para parecer una estación de tren. Había otros dos edificios a 100 metros de las vías. Contenían las ropas y pertenencias de los prisioneros. Una era utilizada como un cuarto para que las mujeres se desvistieran, en donde de la misma manera recibían un corte de cabello.
Había un oficial de caja, quien recolectaba el dinero y las joyas para “guardarlas en un lugar seguro”, una enfermería, donde incluso, viejos o ya fallecidos eran llevados, y una pequeña barraca con el símbolo de la Cruz Roja. Ahí, los prisioneros eran llevados a la orilla de una hoguera para ser quemados. Tenían que hacer este viaje desnudos antes de que les dispararan en la nuca.
Desde su entrevista con el SS Unterschaführer Franz Suchomel, Claude Lanzmann nos cuenta en su espléndido documental, Shoah, sobre los primeros días de Treblinka en agosto de 1942:
“Cuando llegué, Treblinka estaba trabajando a toda su capacidad. El gueto de Varsovia estaba siendo evacuado por ese entonces. Tres o cuatro trenes llegaron en dos días, cada uno con tres, cuatro, cinco mil personas a bordo, todas de Varsovia (…) Así que llegaron tres o cuatro trenes, y desde que la ofensiva contra Stalingrado estaba en su culminación, los convoyes de judíos los abandonaban a un lado de la estación de tren. Lo que es más, los vagones eran franceses, hechos de acero. Así que mientras cinco mil judíos llegaban a Treblinka, tres mil morían en los vagones. Habían intentado suicidarse cortándose las venas. Los judíos que bajaban del tren, la mitad estaban muertos y la otra mitad dementes. En los otros trenes que venían de Kielce y otras partes, al menos la mitad estaba muerta. Los amontonábamos en el andén. Miles de personas amontonadas una encima de la otra en la rampa. Amontonadas como madera. Además de esto, otros judíos, que aún estaban vivos, esperaban ahí durante dos días: las pequeñas cámaras de gas no podían darse abasto. Las cámaras funcionaron día y noche durante aquel periodo. Cuando comenzaron los bombardeos aliados, el grito de los guardias: Krematorium ausmachen! (¡Apagad los hornos crematorios!)”
El trabajo lo hacían cuadrillas especiales, los Sonderkommandos, prisioneros judíos dispuestos a todo por sobrevivir. La cuadrilla azul era responsable de descargar el tren, cargar el equipaje y limpiar los vagones. La cuadrilla azul tenía la tarea además de desvestir a los pasajeros y llevar sus ropas al área de almacenamiento.
Los goldjuden –judíos de oro– se encargaban de administrar el dinero, oro, acciones y joyería. Efectuaban una búsqueda minuciosa en los prisioneros antes de enviarlos a las cámaras de gas. La dentista abría las bocas de los muertos y sacaba el oro de los dientes. Uno de los oficiales de la SS más crueles y responsables de crímenes contra la humanidad en el campo de Treblinka fue el SS Untersturmführer Kurt Franz.
El campo de Treblinka se cerró ante el temor de los nazis de que el centro de exterminio fuese descubierto por los ejércitos soviéticos. En 1965, después de un informe del doctor Helmut Kraunsnick, director del Instituto para la Historia Contemporánea en Munich, la Corte de Casación en Düsseldorf concluyó que el número de personas asesinadas en Treblinka ascendía al menos a 700 mil. En 1969, la misma corte, después de tener nuevas evidencias reveladas en un informe por el demógrafo experto doctor Sheffler, elevó el número a 900 mil. De acuerdo con los guardias alemanes y ucranianos que estaban estacionados en Treblinka, se cree que el número de víctimas fatales fue entre un millón y un millón 400 mil. Entre los que perecieron estuvo Lidia Zamenhof, hija del iniciador del esperanto, L. L. Zamenhof.
Cuando llegué a Berlín Occidental se estrenaba la obra de teatro El Vicario (Der Stellvertreter), de Rolf Hochhuth, bajo la dirección de Erwin Piscator. El estreno fue un gran escándalo público. Rolf Hochhut acusaba a Eugenio Pacelli, Pío XII, de haber guardado silencio ante el judeocidio, por lo tanto el mismísimo Papa era también culpable. Recuerdo que una calle del barrio de Dahlem se llamaba Eugenio Pacelli. Por una orden directa de la alcaldía fue retirado el nombre de Pacelli y cambiaron el nombre a la calle.
Periódico La Jornada
Sábado 30 de enero de 2010
http://www.jornada.unam.mx/2010/01/30/index.php?section=mundo&article=032n1mun
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Retratos de Tina
January 27th, 2010 · Uncategorized
Enero es el mes de las entregas. Es el momento del año en que de verdad haces cuenta de las omisiones del año anterior. Las consecuencias se empiezan a ver desde los primeros días de exigencias en el trabajo, pero como todavía queda un poco de espíritu navideño, la gente se dedica a sus propósitos las primeras semanas. Eso quiere decir que para cuando uno llega a la semana 3, la situación es crítica porque te deja con sólo semana y media para resolver todo el papeleo mal hecho el año anterior. Desde comprobación de gastos hasta los pedidos de clips se vuelven asuntos por los que te ves obligada a quedarte horas extras frente a un escritorio, con otros veinte trabajadores que están igual de estresados y tampoco saben por donde empezar.
Cientos de notas y recordatorios en la agenda.
No puede faltar un principio de año que no comience con un glorioso aumento de precios. Decidí alimentarme con queso Filadelfia y pasas argumentando que sería bueno para bajar los kilos que subí en navidad. Además no he siquiera visto mi cámara desde hace dos días, tengo las hormonas más alteradas que un neonazi atrapado en Haití y aún no me han pagado.
Resultado: Diarrea, gripa, cambios de humor. Falté dos días al trabajo.
Me he quedado con montañas de papeleo y no salgo de la oficina hasta pasadas las diez de la noche. Mi casa se ha convertido en una pocilga en la que tienes que caminar entre botellas de chela y dormir en el catre; pues sigo esperando que Martín traiga el colchón que quemó prendiendo velas aromáticas. Además solo puedo prender una fuente de luz a la vez, porque no tarda en llegarme el recibo. Mi hermana por solidaridad se mete en el día al departamento a llenar mi refri de comida saludable que no podré cocinar si no logro recordar donde quedó la hornilla después de la fiesta de fin de año con Anaís.

Subió, entre otras cosas, la oferta de carne. Hay que ser muy cuidadosos en estos casos, pues con los propósitos de nuevo ciclo la carne se pone exquisita; dando amplio margen para el rompimiento, pero una vez llegando el estrés post- día15 las presiones son fuertes y pueden arruinar la oferta que en principio hubiera sido una ganga. Ahora, la carne no llegará como por entrega a domicilio pero las noches de oficina me impiden encontrar carnicerías abiertas. #CarneNecesaria?
Me encuentro atrapada más a menudo en compromisos con el teléfono y la computadora (ya ni siquiera mi cámara) que en alguna cita o llegando al Bar Reforma el día acordado. No he salido en semanas con nadie que no sea mi iPod con el que me siento en el café a twittear hasta que me arden los ojos. Empiezo a pensar que hasta mi vibrador debería venir con antena 3G.
Anoto en los pendientes de la agenda: Comprar baterías.
Se me han ido las semanas en salir de la oficina para ir a dormir. Por la mañana me despierto añorado que se haga de noche mientras espero parada frente a la cafetera el primer trago de seis o siete tazas que consuman el día.
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